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Lunes 7:45am {Reflexión humorística de un padre sobre la educación formal}

Hoy les traigo un nuevo relato del teclado de mi amigo y colega Javier Romero, autor del relato Terapia en la Ciudad, odontólogo y padre de Fernando, un precioso niño de 4 años :o)

Sin más preámbulo, ahí va una dosis de amor paternal, sazonada con mucho humor y picardía... Sigan leyendo, ¡sé que les va a gustar!
Un lunes cualquiera de la temporada de clases a las 7:45 am. Ese fue mi primer contacto con la realidad absurda de la educación formal, vista ahora desde la perspectiva de padre, claro está. 
Tal vez, usted sea de esos padres que jamás cuestionan nada de la educación que actualmente reciben sus hijos –por las razones más nobles que le vengan en este momento a la mente–. De ser así pues, con todo respeto: no siga leyendo. 
Siguiendo con la línea narrativa del primer párrafo, resulta que el domingo anterior a ese lunes, no recuerdo ahora mismo el motivo, mi hijo de 3 años para el momento, no se había acostado temprano. Lo que traduce que no se pudo levantar a las 6:00 am, como siempre acostumbra para poder llegar a tiempo al colegio. La hora de entrada es a las 6:50 am. (Máximo a las 6:55 am, como me dijo la maestra a principios de ese año).  
Lo cierto es que luego de batallar largo rato con el niño, para que se vistiera, cepillara el pelo, los dientes, y todas esas actividades previas, finalmente llegamos. Mi reloj marcaba las 7:45 am. Traté de pasar lo más disimuladamente posible por el frente de la oficina de la Directora –estratégicamente ubicada, para que nada se pase por alto–. De pronto escucho su infernal voz diciéndonos: 
Estas no son horas de traer al niño. 
Disculpe, lo que pasa es que se acostó tarde anoche y hoy le costó levantarse. –Intentaba defendernos de la mejor manera que pude. 
La hora de entrada debe respetarse, recuerde que es MUY importante acostumbrarlos a comenzar las actividades TEMPRANO. 
Luego de volver a pedir disculpas, seguimos camino al aula de clase, donde me esperaba la maestra casi con los mismos argumentos: 
¡Pero qué tarde vino el niño hoy! ¡Buenas noches señorito! –Entonó sus palabras a todo lo que le daba la voz, seguramente para “aleccionar” al niño y a su representante. 
Disculpe usted, verá, lo que pasa es que se acostó tarde anoche y hoy le costó levantarse. –Argumenté nuevamente para efectos de nuestra defensa. 
Luego me despedí del niño, no sin antes mirar en su rostro esa desazón y angustia del que se siente culpable de algo, en pocas palabras, me perforó el corazón. Le abracé y besé, deseándole que pasara un feliz día. 
Hasta allí hubiese dejado las cosas, si no fuera de esos padres que les gusta saber toda la historia (y de primera mano, para más señas). Así que lo planifiqué todo maquiavélicamente.
El martes en la noche, procuré hacer todo a tiempo, de manera que estuviese en cama lo más temprano posible y el miércoles antes de amanecer ya él estaba en pie y yo también. Llegamos al colegio, los primeros, incluso antes que la maestra, me despedí de mi hijo y comencé con el plan. 
Contrariamente a lo que ocurre todos los días, me quedé en los alrededores con la excusa de estar esperando a otro padre, un viejo amigo de los tiempos de mi escuela. Entonces esperé que fueran las 7:45 am. Subí al aula de clases, procurando estar lo más oculto posible y por una de las esquinas de la ventana, observé el interior. 
En el escritorio más grande conversaban, como dos comadres que llevaran años sin verse, la maestra y su auxiliar. En las mesas más pequeñas, los niños en “posición de descanso”, simplemente ¡dormían! Inmediatamente reaccioné y aclarándome la garganta hice notar mi presencia, ante lo cual la maestra se acercó y me preguntó qué quería. 
En realidad, nada. Sólo quería saber qué hacían a esta hora, pero ya vi que no hay mucha diferencia con dejarlo a dormir en casa –Dije visiblemente molesto. 
No se ponga así Señor Romero, verá, todo esto es parte de una actividad, en la cual buscamos que los chicos se relajen antes de iniciar de lleno el dibujo, ejercicios, etc. 
Me despedí lo más amable que pude y enrumbé hacia mi trabajo, otro día y otra rutina me esperaban, pero algo dentro de mí se estremeció. Me hizo meditar más profundamente cómo aprovechar los pocos momentos disponibles, para estar con mi chico y aceptar que la verdadera educación de los niños está en las enseñanzas que nosotros como padres podamos brindarles. Aprovechar cada momento y sin miedo, reclamar cuando sea necesario.


Javier Fernando Romero González (Caracas, 1977). Es Odontólogo y Especialista en Educación Superior. Escritor y Humorista. Casado y padre de un niño de 4 (De allí su habilidad para el manejo del humor). Ha participado en varios blogs de diversos temas, tiene una colección de cuentos cortos que está próxima a publicar junto a su primera novela.


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3 opiniones:

OR² dijo...

Sí, clásico, eso hacen en muchos lugares, muy exigentes con los padres y con los alumnos, pero las maestras se la pasan en el cotorreo... :(
y pues, lo obvio, la educación es en casa, los conocimientos (algunos) en el aula.
Me ha gustado mucho el estilo de Javier, un acierto incluirlo en el blog. :D

Anónimo dijo...

No le encuentro NADA de humoristico, mas bien me parece TERRIBLE.... tampoco tengo antecedentes, pero me cuesta entender el pq en Venezuela las clases comienzan en ese horario inhumano..en fin .. pero lo cierto es que se nos llena la vida y la de nuestros hijos palabras como RESPONSABILIDAD, DEBER, OBLIGACION y escuchamos tan poco de DISFRUTAR, AMAR LO QUE HACES, RESPETO (por ejemplo por la necesidad biologica basica de dormir) , SOLIDARIDAD Y CLARO! FELICIDAD.
Espantoso... hasta cuando cargamos con dogmas que nisiquiera entendemos!

Anónimo dijo...

Me has leído la mente y puesto palabras a mis pensamientos...
Ojalá el home schooling sea muy pronto una opción más y no haya q lidiar con los servicios sociales

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