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Peter Gray: "Cómo arruinar el juego infantil: Supervise, halague, intervenga"


Muchas veces es sorprendente la concentración que alcanzan los niños mientras juegan, quedan tan absortos en su actividad que apenas se detienen a medir algún peligro o algún hecho que ocurre a su alrededor y es que jugar, para los niños -y pienso que también para los adultos- es una excelente forma de aprender, es por esto que interrumpirlos en su juego sería lo mismo que interrumpir a un adulto mientras estudia para un importante examen o mientras una toma una clase de algo que le guste mucho, o incluso, mientras realiza alguna actividad que disfrute mucho.

Me he permitido hacer una traducción libre de un artículo de Peter Gray (con su autorización) en la revista digital Psychology Today en la que a través de 2 ejemplos ilustra la importancia de no interrumpir a los niños mientras juegan.

Es interesante también ver como Peter nos hace reflexionar no sólo sobre la importancia del juego en los niños sino también en los adultos, al jugar como niños también podemos aprender como seguramente lo hicimos cuando lo éramos. Es, de nuevo, ponernos en los zapatos de los pequeños y recordar lo mucho que nos gustaba correr tan duro que creíamos que nuestras piernas se saldrían de su lugar o rebotar tan alto la pelota que creíamos llegaría al cielo.

A mi me encanta jugar con los niños y como los niños y hasta me encanta nada más sentarme a verlos jugar, eso garantiza horas de entretenimiento gratis y lindo :).

Es cierto que no debemos descuidar algunas normas de seguridad mientras los niños juegan pero es aún más importante dejarlos jugar tan libremente como sea posible, recuerden que así están aprendiendo :)

 Cómo arruinar el juego infantil:
Supervise, halague, intervenga

Mi alma se agita con las maravillas de la naturaleza – las hojas amarillas y naranja brillando bajo el sol de otoño, patos reales que amerizando suavemente sobre aguas tranquilas al amanecer, nubes que pasan mientras miro al cielo. Pero, todas estas escenas naturales que he disfrutado y reflexionado, ninguna me ha cautivado más que la de unos niños jugando—jugando por su propia cuenta, sin adultos que los guíen o los interrumpan. Intervenir en los juegos de los niños me parece que es casi como dispararles a los patos reales que amerizan sobre aguas tranquilas.

Mis palabras son pobres sustitutas de las escenas reales, pero quiero transmitir dos ejemplos que me han emocionado más que cualquier poesía. No hay nada especial en estos ejemplos; son como juegos en cualquier parte. Lo que los hace especiales para mí es que me tomé el tiempo para verlos y disfrutarlos, mirarlos como algunas personas escuchan algún concierto o admiran una gran pintura. Informo parcialmente sobre ellos en un intento de transmitir su belleza, pero también para hacer notar cómo los adultos podemos arruinarlos cuando supervisamos, elogiamos o de alguna forma intervenimos, como suele pasar muchas veces.

Estos episodios han ocurrido en la iglesia a la que pertenezco. Los presento en tiempo presente en un intento de hacer un retrato verbal.

Ejemplo 1:

El servicio del domingo ha terminado. Aburrido de la hora del café de los adultos, subo al gran salón abierto donde algunas veces los niños juegan mientras esperan que sus padres terminen de socializar. Catorce niños –de ambos sexos y de edades comprendidas entre 3 y 14 años aproximadamente- están jugando “keep-away (lo siento, no sé como se llama este juego en castellano) con una pelota de aproximadamente 2 veces el diámetro de una pelota de basket. 14 cuerpos humanos de muy distintos tamaños se mueven rápidamente, cada uno siguiendo caminos al azar, a su propio ritmo, con su instinto. Sin embargo, de alguna manera, los 14 se mezclan, acentuados por la pelota verde brillante, en un solo organismo fluído.

Siento que veo una hermosa coreografía, pero no hay ningún coreógrafo. Nadie domina, nadie se queda afuera, nadie se tropieza con alguien más, nadie se queja, todos los gritos son de regocijo. Cada niño que quiere la pelota la recibe por un tiempo determinado. Los jugadores más grandes (o mayores) rebotan la pelota mientras corren con ella, retando a los otros a quitársela; los más jóvenes sólo corren con ella hasta que se la pasan a los brazos estirados de algún otro jugador entusiasmado.

Los pequeños (o los de 3 años) corren alegremente en círculos, agitando sus brazos sobre su cabeza sin ningún interés en la pelota, simplemente encantados de estar allí corriendo con estos maravillosos compañeros de juego más grandes. A pesar de la diferencia de edades, tamaño y habilidades para jugar con la pelota, todos los jugadores son tratados igual, igualmente valiosos, igualmente merecedores de que sus necesidades sean atendidas. El juego continúa así por los 20 minutos completos que me quedo mirando. Mientras observo, aprendo lecciones de movimiento, ritmo, coordinación y autoexpresión sin egoísmos, en la que la alegría viene de anticipar y cumplir las necesidades y deseos de los otros. Veo democracia, en su forma mas ideal, en acción.

Los niños y yo tenemos la suerte de que ningún otro adulto está prestando atención y de que mi atención es discreta. A menudo veo cómo estos juegos son estropeados por bienintencionados adultos quienes intervienen –por seguridad, o porque creen que alguien está siendo tratado injustamente, o porque creen que saben mejor que un niño cómo hacer un juego mas divertido par ellos.  Los adultos atentos pueden estropear el juego aún cuando ni siquiera intentan intervenir. Los niños perciben como potenciales encargados de hacer cumplir normas de seguridad, resolver conflictos y audiencia de quejidos, y esa percepción los invita a actuar de manera no segura, a reñir y a quejarse. El juego requiere auto regulación y la demasiado obvia presencia de adultos puede llevar a los niños a renunciar a su autorregulación.

Ejemplo 2:

Estoy ayudando a dirigir la celebración anual de “Navidad Verde” en la iglesia en la que miembros de la iglesia de todas las edades hacen decoraciones, papel de regalo y regalos ecológicos. Yo estoy a cargo de la  mesa de adornos naturales que contiene materiales como piñas, asclepias y semillas y conchas de varios colores y formas. La mesa también tiene pistolas de silicona caliente que la gente usa para hacer sus adornos de navidad naturales para sus mesas. La mayoría de las personas hacen esto rápidamente, ansiosos por terminar algo y moverse hacia otra mesa para completar las rondas. Hacen adornos grandes y ostentosos usando muchos materiales, pero ponen relativamente poco interés al hacerlos. Mientras trabajan, se ríen y hacen bromas con otros a su alrededor. Ellos, desde mi punto de vista, no están jugando, o si lo están, su juego es la socialización, no el hacer el adorno. Hacen los adornos porque es lo que se supone deberían estar haciendo en su mesa. Pero un pequeño niño quien aparenta unos 4 o 5, años lo aborda de una manera muy distinta.

Él ignora el bullicio a su alrededor y se permite ser absorbido por su proyecto. Por su cuenta, decide pegar frilojes/habichuelas blancas a una piña de una forma que cada uno de los aproximadamente 60 lóbulos de la piña tienen exactamente un frijol en su mero centro. Él no le dice esto a nadie, solo lo hace. Su expresión es de intensa concentración. Usando la pistola de goma, con mucho cuidado, con sus pequeñas manos, aprieta una gotita de goma en el centro de cada lóbulo de la piña y, antes que el adhesivo se endurezca, coloca el frijol en cada lóbulo. Durante todo este proceso no se mueve de su lugar de trabajo. No dice ni una palabra y nadie –me complace obervar- le dice una sola palabra.

Mientras veo, una mujer me pregunta si pienso que es seguro que el niño use una pistola de goma caliente. Le digo que lo he estado observando y que esta siendo más cuidadoso que cualquier otra persona en la mesa. No hay necesidad de advertirle o de hacer el pegado por él, advertirle interrumpiría su concentración y hacer el pegado por él estropearía su juego completamente. Afortunadamente los padres del niño y otros que lo veían son los suficientemente sabios para dejarlo tranquilo en su actividad. Imagina todas las formas en que un adulto que se involucre demasiado puede estropear el juego del niño. El adulto puede privar al niño del reto con tan solo hacer amablemente, el trabajo “peligroso” por él, distrae su concentración con un consejo no solicitado o con su alegre charla, apresurarlo a que termine para que pueda hacer otros adornos pero con tiempo inadecuado para ello, o alabar su trabajo de manera que pueda cambiar su atención a su proceso (el cual es más importante para él) hacia el resultado (lo que es menos importante). Como nadie lo perturba, este niño experimenta una sublime inmersión en su creación artística y yo experimento la alegría de verlo y aprender de él. Aprendo una lección de autodeterminación, concentración, perseverancia y artesanía minuciosa.

Hace muchos años Lev Vygotsky, un psicólogo ruso y gran observador del juego de los niños, escribió que cuando un niño juega “se comporta por encima de su comportamiento diario, … como si fuera más alto que si mismo”. Yo agregaría que funciona igual para los adultos. Estamos en nuestro mejor momento cuando jugamos. Ese es el tema de muchos de los ensayos que he presentado en este blog y es un tema sobre el cual queda mucho por decir. Permitámonos apreciar el juego en otros así como en nosotros mismos.

***

Peter Gray es investigador docente en psicología en Boston College. Ha dirigido y publicado sus investigaciones en psicología comparativa, evolutiva, del desarrollo y educativa; ha publicado artículos acerca de métodos alternativos de educación; es autor de Psychology (Editorial Worth Publishers), un texto introductorio universitario que ya va por su 6ta edición. Realizó sus estudios universitarios en Columbia University obteniendo un Ph.D. en biología en Rockefeller University. Actualmente sus investigaciones y lecturas se enfocan principalmente en las formas naturales en las cuales los niños aprenden y en el valor que tiene el juego a lo largo de la vida. Sus propios juegos incluyen no sólo sus investigaciones y la escritura sino también el ciclismo, el kayak, el ski y cuidar de su jardín de verduras.

Y ustedes? ¿Qué sienten cuando observan a sus niños jugar? ¿Les apetece unirse a su juego o más bien observarlos discretamente? 

Mil gracias a Peter por permitirnos traducir y publicar su maravillosa reflexión en Amor Maternal y a mi querida amiga Anelisa por su valiosísima colaboración en este artículo =)


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