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Yolanda González: "Nuestra sociedad, necesita una reflexión urgente sobre los modelos de crianza actuales"



Share/Bookmark Contacto y llanto

Existe una profunda laguna en la percepción adulta, en relación a los procesos vitales esenciales que intervienen en el desarrollo de la salud humana y social.

Los seres humanos, se indignan desde su sillón televisivo, ante los genocidios, guerras y desastres ecológicos que día a día nos llegan desde los medios de comunicación ( ejerciendo por otro lado un efecto narcotizante para la acción). Pero pocos se estremecen, ante el llanto desgarrador de un bebé o niño, respondiendo con el impulso irrefrenable de nutrirlo afectivamente. Aparentemente no existe relación entre una situación y otra. Sin embargo, no debemos olvidar, que nuestra vida adulta es reflejo de la experiencia infantil acaecida en el medio familiar, siendo este modo de relación básico, el que se encuentra en el origen de los comportamientos individuales y sociales posteriores.

El COMO gestionamos nuestras emociones marca nuestra existencia con un sello único y diferenciador: el carácter. Y la gestión de la emoción guarda una estrecha relación con la respuesta que desde el exterior recibimos desde el mismo momento de nuestro nacimiento e incluso antes.

Como sabemos, la sonrisa aparece hacia el tercer mes de vida y, progresivamente da lugar a la risa, ya descrita ampliamente en manuales de psicología evolutiva y fácilmente aplaudidos por el adulto por la alegría que transmite su esplendor, transparencia y expansión vital, ¿pero qué pasa con la otra manifestación vital, el LLANTO?

Siendo una de las primeras expresiones emocionales que acontece en un ser humano, ¿cuántos adultos se permiten vibrar ante el llanto de un niño? Se nos ha inculcado que es “normal” que un bebé llore y se desespere ante la “aparente indiferencia” y frialdad del adulto “educado para no malcriar a ese bebé”. Y sin embargo no existe mayor herida emocional que la frialdad e indiferencia, como única respuesta a un llanto demandante de un niño desconsolado.

Señalo “indiferencia aparente”, por considerar que los adultos que así responden, en realidad sienten irritabilidad y rechazo, cuando no ira, ante el llanto vivido como molesto, ignorando la función que cumple en la vida de un bebé.

Los matices de esta comunicación primitiva inicial, que algunos adultos tienen la fortuna de poder mantener a lo largo de su vida como intensa descarga emocional, van perdiendo su intensidad y variedad a lo largo de la vida, para dejar paso a la contención de la emoción y a la rigidez caracteromuscular.


Observamos una y otra vez, tanto en las consultas preventivas como en la vida cotidiana, como el primer mecanismo de control de la emoción en los niños, al igual que en los adultos se centra en la respiración. La respiración, como función vital, se ve comprometida en un intento de inhibir el llanto: el niño se ve obligado a contener su respiración/expiración para evitar sentir. Mecanismo que casi todos, consciente o inconscientemente hemos vivido, y que representa el primer freno que imponemos a la emoción, para evitar un castigo o humillación mayor.

El segundo mecanismo que junto al primero, va generando ya una tensión o bloqueo en el funcionamiento energético y por tanto observable con la emergencia de síntomas psicosomáticos o desórdenes emocionales, es el recurso de “apretar las mandibulas”. El correlato psíquico es el de “aguantar” sin enseñar los dientes, función que F. Navarro señala como ejercicio de expresión de la agresividad, es decir de respuesta al medio frustrante en defensa del propio espacio. Este mecanismo neuromuscular que genera ya un acorazamiento de este segmento (en términos de la coraza caracteromuscular descrita por W.Reich), tiene como objetivo mitigar la angustia que le genera el contacto con el exterior. Porque no sólo nos frustran, sino que además se nos impide expresar la protesta y la defensa. Sólo hay que observar el segundo cachete que recibe un niño por su atrevimiento a cuestionar la autoridad o el abuso de autoridad del adulto.

Y de esta manera y progresivamente, se va instalando una actitud de sometimiento o de contención emocional, según los casos que generan a su vez, otras emociones de índole secundaria (por razones de espacio, sólo mencionadas), como son las actitudes violentas, impulsivas, causa directa de los desencuentros destructivos comentados.

Son éstas emociones secundarias, fruto de la represión emocional durante la primera infancia, las que ejemplifican desde la perspectiva de la salud, la psicopatología social en la que estamos inmersos. La violencia de género, la violencia hacia los niños pequeños y ancianos, etc., tienen sus raices (además de otros factores sociales), en la miopía cultural imperante ante las necesidades afectivas infantiles y la respuesta sensitiva adecuada a las mismas.

Nuestra sociedad, necesita una reflexión urgente sobre los modelos de crianza actuales. No se trata de ofrecer consumismo a la primera infancia (Tv. ordenador, juguetes, etc), sino la adecuada atención psicoafectiva, para favorecer un desarrollo sólido y saludable. Y los padres y profesores, además de los políticos, son los responsables.

Artículo escrito por Yolanda González, publicado en Amor Maternal previa autorización suya.

¿Qué opinan? ¿Qué sienten al ver a un niño llorar? ¿Creen que existe relación entre ese modo de crianza que ha pululado mayoritariamente el mundo occidental hasta ahora y los brotes de violencia que se viven a diario?

Foto © Image Source Corbis

3 opiniones:

Mamá Moderna dijo...

Esta muy interesante el artículo y la verdad se ve reflejada nuestra sociedad.

Te pongo un ejemplo muy cercano: cuando mi primer hija tenía como dos meses y empezó a llorar más que cuando estaba recién nacida la reacción de mi esposo fue la siguiente: Por favor, que tiene que ya no llore.

Le explique que un niño llora para comunicarse y es su manera de decirnos las cosas. Ahora ya con la experiencia ya reacciona de una manera muy diferente pero estamos educados para callar a los niños o dejarlos llorar solos.

Yo no soporto ver a mis hijos llorar, dicen que los estoy consintiendo de más pero si ellos lloran yo los atiendo así sean las 4am.

He leido que si mientras más amor y más rápido estes con tu hijo cuando esta llorando, más seguro y menos violento será de grande.

Amor Maternal dijo...

Susana, estoy de acuerdo contigo. Creo que dejar llorar solo a un niño es una forma de maltrato que se ha pasado de generación en generación, y lamentablemente si has sido tratado de esa manera, esa forma de actuar será la que pase por tu mente cuando tu hijo llore... en lugar de hacer directamente lo que dicta el instinto animal que llevamos dentro, de atender a nuestra cría... alimentando así el ciclo vicioso durante generaciones: si tú no estás atenta ni disciernes entre tu "reflejo aprendido" de dejar llorar al niño, y tu instinto maternal/animal/biológico de atenderlo inmediatamente, ese niño cuando sea padre pasará por la misma situación ante su hijo cuando éste llore.

En nuestras manos está la oportunidad de cambiar las cosas. Concretamente en nuestros brazos, que al fin y al cabo sirven para abrazar a nuestros hijos :)

Un beso, y como siempre es un gusto leerte!

Louma

Liz dijo...

Pienso igual, creo que nuestra naturaleza es la misma que utilizan los animales para proteger a sus cachorros, incluyendo el dormir con el bebe en la cama de los padres, personalmente duermo con mi bebe desde el primer mes, me siento más segura así, y no cambiaré mi forma de pensar porque incluso hace unos días que comenzó un fuerte frio en mi país mi bebe dejó de respirar y que tal si lo dejaba dormir en su cunita, o me quedaba dormida, no lo ubiera podido atender a tiempo... bueno fue una experiencia muy fuerte, yo tengo el sueño muy ligero, por lo tanto el asunto de aplastarlo no es posible... realmente pienso seguir mi instinto maternal, que es el proteger a mi cachorro humano, a mi bebe, mientras sea necesario, esto incluye evitar que llore, buscando la causa de su llanto, quiero que no carezca de la confianza de sentirse protegido al lado de sus padres.

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