No vamos a empezar hablando de las partes obvias de la menstruación, ni de las médicas, ni de las simbólicas. Quiero relatarles lo que por fin me ayudó a hacer las paces con mi regla. ¿Alguna vez te han invitado a la piscina en tu segundo día? Ya me imagino la cara que estás poniendo… Pues la última vez que me tocó ir a la piscina, era mi primer día, y la pasé… ¡divinamente!
Nunca antes había imaginado salir de la piscina tranquilamente, sin secarme ni nada, y caminar hasta el baño del club, sin tener que quedar en evidencia delante de todas mis amistades porque hurgaba en mi bolso para llevarme mi bendito estuchito al baño. Salí de la piscina, me exprimí el pelo, fui al baño, y volví a zambullirme, sin más, ¡y fue genial! La discreción, la sensación de estar limpia, la ausencia de cualquier olor, el no dejar ninguna señal ni evidencia en el baño… no tiene precio. Era el tercer ciclo que pasaba con mi
copa menstrual.
La primera vez que leí acerca de ellas, la verdad es que el concepto me pareció un poco grotesco, pero una vez superada la barrera psicológica, de tantos años de ver publicidad de toallitas y tampones, poco a poco empecé a considerarlo una posibilidad. Había parido hacía un año, y gracias a la lactancia a demanda, tenía un año entero de postparto sin menstruar. Había olvidado hasta cómo escoger las toallitas, que por cierto siempre me producían una sensación de estar sucia, empegostada, me irritaban y no lograba acostumbrarme al repugnante olor… Llegué incluso a pensar que ese olor era mío, y tenía que aceptarlo. Años más tarde descubrí que ese olor, que seguramente todas hemos percibido alguna vez, no es más que el resultado del contacto de las secreciones menstruales con los materiales absorbentes de las toallas y el aire; en pocas palabras, proviene de la putrefacción de la sangre menstrual. Tener eso en permanente contacto con la piel y mucosas de una zona tan delicada, no debía ser recomendable, ni saludable.
Con lo que me sentía medianamente cómoda antes del embarazo era usando tampones, a pesar de sentir cierta preocupación por haber leído que las empresas fabricantes, impregnaban el material absorbente de los mismos con sustancias cancerígenas, y que a su vez aumentaban el volumen del sangrado; y a la vez de haber padecido de anemia ferropénica, por un excesivo sangrado durante la regla, continuaba utilizándolos, porque al menos no me irritaban externamente. Internamente era otra historia, el roce del tejido cuando no estaba completamente saturado era sumamente molesto, dejando una sensación de sequedad incómoda, que a menudo podría incluso catalogarse como ardor.
Después de mi hermoso parto (vaginal y sin anestesia), seguí las instrucciones de mi matrona, de usar exclusivamente toallas en el postparto. Durante mi primera regla postparto utilicé tampones (y recordé por qué los odiaba tanto). Como acostumbro mirar siempre varias páginas Web sobre maternidad instintiva, parto respetado, parto natural, crianza con apego, crianza natural, etc., me tropecé con una publicidad acerca de
copas menstruales, y comencé a indagar sobre ellos, a leer opiniones, técnicas de utilización, testimonios, etc., a la vez que me iba planteando si probarlas o no.
Por un lado representan una opción respetuosa con el medio ambiente, porque no contaminan en lo absoluto, en cambio las demás opciones crean muchísima basura por mujer cada mes. Ahora multiplica eso por la cantidad de años fértiles de cada mujer, y por todas las mujeres que habitan nuestro planeta, e imagina la cantidad de basura que generamos… ¿a que da miedo? Recuerdo una vez haber gastado una caja entera de tampones en un día. Nada grata la experiencia. Ni para la vista, ni el olfato, ni la salud, ni el planeta, ni la socialización, ni mucho menos para el bolsillo.
En cambio con la copa, vas al baño con las manos vacías si quieres, y regresas de la misma manera, nadie se da cuenta de nada. Es como dejar de ser esclava, es como dejar de ser evidente. Por ejemplo cuando era niña, me preocupaba bastante tener que abrir el bolso delante de alguien que no fuera de confianza y que viera que llevaba toallas o tampones dentro, no sé por qué sentía un poco de vergüenza, a pesar de saber que la regla es una bendición, un símbolo de fertilidad, feminidad, de la capacidad de crear a un ser humano dentro de ti…
Pues eso se acabó desde que uso la copa, se acabaron las salidas al supermercado o a la farmacia corriendo para ver si tienen la marca o el modelo que me conviene, se acabó, al menos por 10 años, que es el tiempo de vida que tiene una copa menstrual. La verdad es que aprender a ponérsela es un proceso similar a aprender a usar cualquiera de los métodos convencionales y comerciales.
Catalogo los demás métodos de comerciales, porque evidentemente éste no lo es. Creo que a nadie (excepto a la mujer por supuesto) le beneficia gastar en publicidad para un artículo que una mujer comprará probablemente una o dos veces en su vida. Si se extendiera el uso de las copas y se hiciera popular, ¿qué sería de tantos supermercados que tienen un pasillo entero dedicado a las toallas y tampones? Yo saqué mi cuenta de manera muy simple: una caja de tampones vale unos 5€, y necesito de una a dos cajas al mes. Serían unos 10€ al mes. La copa cuesta unos 30€ y te dura 10 años… la ventaja económica es sumamente clara. Ahora si quieres ahondar: pues multipliquemos los 10€ por 12 meses, serían 120€, y ahora por los 10 años que dura la copa, y sale la abrumadora suma de 1200€ que te ahorras en ese tiempo, con una simple compra de 30€.
Cuesta un poco hallarle el punto perfecto al principio, pero una vez superado esto, es lo más cómodo que puedes imaginar. Realmente no sientes nada, nada huele, nada roza, nada molesta. No tienes la preocupación de que alguien pueda ver el hilito asomarse por tu bikini en la playa… Además te das cuenta de cuánto sangras en realidad, poquísimo comparado con lo que sangras con los demás métodos, lo cual me hace pensar seriamente en que aquellos artículos que leí hace años acerca de los aditivos de los tampones eran veraces. Me siento tan aliviada, y tan libre… es como me dijo una amiga: “la verdadera liberación de la mujer, no es la quema de sostenes, la verdadera libertad de una mujer se experimenta cuando usas una copa menstrual”.
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