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Las dos caras del bullying o acoso escolar



Hemos tocado en diversas ocasiones en Amor Maternal el tema de la violencia durante la infancia, de los castigos -tanto físicos como verbales-; ambos igual de dañinos, y de las raíces de la violencia.

Hasta ahora no había podido tocar en profundidad un tema que tengo pendiente desde hace mucho por el dolor y el peso emocional que significaba para mí. Ahora, finalmente, años después de lo ocurrido, y meses tras sentir cómo se levantaba de sobre mis hombros la mochila que llevaba a cuestas desde hace dos décadas, me siento aliviada -y es desde esa paz que quiero hablarles sobre el bullying.

Hace cuatro años me tropecé con un artículo escrito por Dan Pearce titulado Memoirs of a Bullied Kid, en donde Dan relataba sus experiencias, su dolor y hablaba de cómo podíamos evitar el acoso escolar, esa violencia que se perpetúa y que aún hoy en día se extiende tanto. Lo primero que pasó por mi mente tras leerlo -y llorar mares- fue mandárselo a quién fuera mi bully particular durante un año entero en secundaria.

No fui capaz. Se lo pasé a una amiga en común -Helen-, pidiéndole que lo leyera y que por favor se lo pasara a "tú sabes quién". Creo que no pilló la indirecta porque a mi bully particular nunca le llegó el artículo.

Hace un par de años atrás, otra amiga me escribe contándome que estuvo en el colegio de su hijo porque lo habían visto involucrado en un acto de bullying. Las maestras pensaban que el niño había participado en un acto de acoso mientras que hacía lo contrario, justamente; tratar de auxiliar a la víctima, al bullied kid.

Estamos hablando de un niño de apenas siete años de edad, criado con apego y respeto, así que pueden imaginar mi shock al sentir tan cerca un acto de bullying y la indefensión que recorrió nuevamente mi cuerpo, mi mente y mi alma.

Sentí que debía hacer algo, mover algo, sanarme para poder hablar de ello. Sabía que no podría escribir sobre el tema desde el dolor, sino desde la paz que viene después, con la esperanza de que mis palabras puedan inspirar a alguien, de que podamos entre todos hacer algo para que ningún otro niño pase por esto.

Contacté a mi bully 20 años más tarde para entender lo que había pasado


Así que respiré hondo, me armé de valor, encendí mi Mac y busqué el artículo en Google. Respiré de nuevo, y le envié un mensaje breve a mi bully: 
Hola,

Me tropecé con este artículo muy emotivo hace unos años y significaría muchísimo para mí si lo leyeras. No había logrado reunir el valor para enviártelo hasta hoy, cuando una amiga me contó que su niño estuvo involucrado en un acto de acoso en la escuela y mi mente y mi corazón volvieron inmediatamente a ti... a aquello que sucedió hace casi 20 años. 
Me encantaría saber qué piensas al respecto, siquiera en un par de palabras, con eso bastaría... 
Gracias por tu tiempo, 
Saludos cordiales, 
Louma
Para mi sorpresa, respondió casi inmediatamente; confundido, preguntando de qué se trataba. Leyó el artículo y así inició una conversación que me sanó el alma, que me permite contar en modo más Zen nuestra historia.

Extrañamente, respondió que él había sido acosado en la escuela -cosa que yo no sabía porque no la había presenciado- según relata, esto ocurrió un par de años antes de que yo llegara al colegio donde estudiamos juntos. Me contó que sufrió de bullying hasta que, en sus palabras: "decidí no ser más la víctima, ser fuerte y luego sí, fui cruel con algunas personas, a veces. Supongo que quería repartir o compartir el dolor."

Mi mente volvió inmediatamente a lo que escribí sobre las raíces de la violencia. Mis latidos iban a millón: por fin, veinte años después, tenía una explicación. Por fin entendía por qué me trataba así, si este chico hasta era simpático y amable a veces, y luego me humillaba delante de los demás y todos se unían en sus burlas.

Quería saber más. Seguía haciéndole preguntas y en mi mente todo iba encajando como un puzzle. Le pedí escribir sobre lo sucedido para compartirlo con ustedes, con la esperanza de que nuestra historia, nuestro dolor, sirva para abrir consciencias, para que ningún otro niño sufra de bullying.

Accedió y al día siguiente me envío una carta, en inglés, que traduje y comparto con su autorización más abajo.

Entretanto, les cuento de qué hablamos y los pongo en contexto para que conozcan mi lado de la historia: 

Me pidió disculpas. Me explicó que el bully es una persona que ha sido acosada, que hace veinte años atrás él no era el adulto que es hoy y como niño lastimado necesitaba lastimar y distribuir su dolor.
Ahí encajó todo. No sólo era cruel conmigo por diversión. Alguien había sido cruel con él -cosa que yo no sabía ni había visto.

Hagamos un inciso por un momento para recordar que si criamos a nuestros hijos a base de castigos, sean físicos, rincón de pensar o Time out, o de otro tipo, tal y como comenta Alfie Kohn: lo que el niño hará será buscar hacerlo "mejor" la próxima vez, es decir; de modo que no lo pillemos, o simplemente vengarse del castigo.

Entonces cada vez que un adulto golpea a un hijo para "disciplinarlo", está implícitamente dando permiso a ese niño para que resolver sus conflictos mediante la violencia, le está dando carta blanca para que golpee a un niño más débil o más pequeño por cualquier razón.

Mi lado de la historia


Vivíamos en Dubai, empezó la Guerra del Golfo, y como habíamos nacido en Beirut, Líbano, mamá ya sabía lo que era vivir una guerra; después de todo corrió huyendo de las bombas en varias ocasiones estando embarazada de mi hermanita. Pasamos nueve meses, nueve miembros de la familia, escondidos en un refugio bajo la escalera en casa de mi abuela mientras bombardeaban los alrededores. No quería que viviéramos eso de nuevo, así que decidimos trasladarnos a Venezuela -siendo venezolanos también.

Llegamos a Venezuela un 23 de diciembre. Yo estaba a punto de cumplir 11 años y hablaba inglés, francés y libanés. Había olvidado el griego y aún no había aprendido a hablar castellano. Aterricé en pleno segundo trimestre de sexto grado sin saber decir más de tres cosas en castellano: "sandwich de jamón y queso", "me llamo Louma", y podía contar del uno al diez.

La profesora fue muy amable y enseguida llamó a un par de alumnas hijas de padres americanos que hablaban inglés para que hicieran de intérpretes cuando hiciera falta. 

Yo extrañaba mi viejo colegio, a mis amigos, mi casa, mis juguetes. Tantas cosas que habíamos regalado o vendido porque no cabían en los baúles de la mudanza. Estaba inmersa en un colegio nuevo, con gente que no conocía, en un idioma que no hablaba, y no tenía ganas de hurgar en mi pasado y compartirlo.

En el recreo, un chico me pregunta si mis padres son espías, si huimos de la FBI. Me río y no sé ni qué responder. Mi madre tiene una maestría en administración y además, es asesora de imagen, mi padre es tiene la misma maestría y  además, es diseñador gráfico. No estamos huyendo de la ley sino de la guerra. Sólo queremos vivir en paz, en la tierra que vio nacer a mi abuelo.

Tomo clases particulares de castellano todas las tardes con Mabel, una profe uruguaya muy dulce de pelo plateado, que  mi hermana y yo recordamos con cariño y que años más tarde murió de cáncer.

En menos de dos meses, mi hermana y yo ya hablábamos castellano. 

Apruebo sexto grado con muy buenas calificaciones. Empezamos el bachillerato. Soy la segunda más jóven de la clase, tengo buenas notas, hago algunas amistades pero repetidamente, cada recreo, el mismo chico se mete conmigo, se burla de mí delante de todos, y todos -al unísono- se unen a la burla.

Ni una vez intervino un profesor -aún estando presentes, hacían la vista gorda-. Nunca nadie me defendió. 

Pasé todo ese año llorando cada tarde al volver a casa. Hablaba con uno de mis tíos quien me sostuvo emocionalmente durante esa época. Me aconsejaba ignorarlo, ser fuerte, usar el humor, burlarme de vuelta, tratar de que me resbalaran las cosas, no darle el gusto de disgustarme, defenderme con comentarios pícaros o irónicos, hacerlo quedar en ridículo. Agotó todas sus ideas y aportó muchas soluciones. Las probé una a una y nada funcionó.

En casa me repetían que yo era bella, inteligente y brillante en todo lo que me proponía; que probablemente este chico estaba enamorado de mí, o envidioso de algo y por eso me fastidiaba tanto. Ni una vez pasó por mi mente que a él le hacían daño y por eso se vengaba conmigo.

Su lado de la historia


Recientemente descubrí que fui un bully en el colegio y que había convertido en un infierno la vida de una chica a quien finalmente consideraba mi amiga. Recuerdo haberme burlado de ella pero no recuerdo haberle puesto apodos ni haber impactado su vida de tal manera como para que me eliminara de entre sus amigos de Facebook (en nuestra sociedad moderna, uno podría decir que esa es una forma de rechazo bien contundente) porque le era insoportable ver mi nombre aparecer entre sus actualizaciones.

¿Pérdida de memoria selectiva? ¡Quizás!

¿No darme cuenta de lo que hacía? ¡Tal vez!

¿Haber sido acosado y sentir que necesitaba encajar? ¡No lo sé!

¿Trataba tal vez de desviar la atención hacia otra persona? Quizás me acerque a un punto interesante, pero sinceramente no tengo una respuesta como tal.

Me dejó atormentado y disgustado aquello que dijo sobre mí. Me siento avergonzado de mis acciones y sólo puedo pedirle disculpas sinceras y asegurarle que siempre la consideré mi amiga.

Un acosado, ahora vuelto acosador


El bullying comenzó a muy tierna edad aunque no recuerdo exactamente cuándo... comenzaron a circular por el colegio rumores de que mis dos mejores amigos y yo éramos gay. Recuerdo cómo mi relación con mis compañeros de clase era divertida, ligera e inocente pero cuando comenzamos a oír comentarios homofóbicos en la época en la cual los niños y niñas comienzan a odiarse, pasábamos la mayoría del tiempo con compañeros de ambos sexos, lo cual aparentemente era muy extraño.

¿Por qué haríamos eso? Después de todo éramos niños, y los niños no deberían hablarle a las niñas, menos aún jugar con ellas.

En quinto grado nos separaron, y mis dos amigos y yo no volvimos a coincidir en un mismo aula en ningún otro año después de eso. El acoso que ejercían sobre mí se intensificó. Uno de mis amigos se fue del país y el otro era primo de uno de los chicos más populares del colegio, por lo que quedé solo. Me convertí en el blanco principal de la homofobia y los chistes tontos.

En sexto grado -el último año de educación primaria- no sólo se metían conmigo mis compañeros de clase, sino también mi propia profesora. Recuerdo una mañana en la que tras escuchar el himno nacional, uno de los chicos quien yo consideraba mi amigo se me acercó y me preguntó si quería unirme al equipo de fútbol. Acepté entusiasmado y él soltó una carcajada: "vale, pero de cheerleader [porrista], por supuesto." Lo habían planeado entre todos, si no no habrían estado todos los chicos alrededor, riéndose. Ese día, con tan sólo nueve años de edad, sentí humillación por primera vez.

La segunda vez ocurrió en sexto grado cuando pedí permiso para salir un momento de clase (creo que a beber agua) pero camino de vuelta al aula, que quedaba al final del pasillo, recuerdo haber sentido algo extraño en mi espalda y haber volteado para tratar de mirar qué era en el reflejo de la puerta de cristal.

Justo en ese momento, la profesora se asomó al pasillo -probablemente para ver si yo estaba regresando- y comenzó a aplaudir diciendo "hey, miren cómo se da la media vuelta [como si estuviera modelando]". Lo dijo en una voz lo suficientemente alta como para que lo oyeran todos mis compañeros y se echaran a reír. No sólo sentí una gran tristeza y humillación, sino ¡un profundo sentimiento de injusticia! Me repetía una y otra vez: "no es verdad, no es verdad, yo no venía modelando por el pasillo, ¡no estaba modelando!" No lo llegué a decir en voz alta ni una vez, pero igualmente, de haberlo hecho, no habría importado. Como lo dijo la profesora, todos asumieron que era verdad.

En ese momento me di cuenta de que nadie podía ayudarme y que yo tendría que ayudarme a mí mismo. Decidí dejar de ser una víctima y me fortalecí, planeé cómo unirme al grupo de gente popular, lo cual logré con cierto éxito. En ese momento me convertí en bully.

A mitad de ese año académico, dimos la bienvenida a una nueva compañera de clases. Una chica del Medio Oriente, que no hablaba castellano y que era muy misteriosa... uno podía ver en sus ojos que tenía historias que contar y que había vivido muchas cosas que ninguno de nosotros había experimentado. 

Fue en la época en la que empezó la Guerra del Golfo y la invasión de Kuwait. Pronto, escuché que era refugiada (sea lo que sea que eso quiera decir), ¿pero quién era ella? No nos lo decía, no sabía de dónde era pero asumí que era Kuwaití o Iraquí; era bastante recatada y nunca jugaba con los niños. Recuerdo que fuimos de camping una vez y que jugábamos a la botellita y actividades similares y que ella no participaba en ellas.

Esta chica debe ser rara, ¿qué esconde?

En fin, creo que llegué a pensar que si ella se convertía en blanco de acoso escolar, me dejarían en paz a mí. Después de todo, sólo necesitábamos a una persona con quién meternos. No importaba mucho quién fuera. ¡Yo estaba equivocado! Nunca dejaron de acosarme.

La vida misteriosa y el pasado interesante de esta chica dejaba lugar a mucha especulación. Ella nunca hablaba de sus orígenes ni de aquello por lo que había pasado abiertamente, así que los rumores crecían y crecían y pasaban de boca en boca. ¡Se había convertido en blanco de acoso, en una bullied kid! ¡En mi target!

En realidad no tengo respuestas para explicar por qué sucedió aquello, tal vez podría atribuírselo al hecho de que éramos niños y dejábamos volar nuestra imaginación, y en mi caso particular, ¡yo tenía razones para desviar la atención hacia ella para que a mí me dejaran en paz!

Ningún adulto intervino como mediador y por eso el bullying continuó


De lo que sí estoy seguro es que nadie intervino. Nadie pensó ni llevó a cabo un plan para acabar con aquella locura. Nadie me defendió a mí de mis bullies, y nadie la defendió a ella de mí.

Recuerdo haber formado parte, en secundaria, de un grupo de desarrollo humano llamado "Huellas" que se dedicaba a enseñar a los jóvenes los valores de la tolerancia y la comunicación. En una ocasión nos animaron a contarnos el uno al otro las razones que se interponían para que fuéramos amigos. ¡Las respuestas fueron muy esclarecedoras! En pocos minutos estábamos con lágrimas en los ojos, hablando abiertamente, y aquella noche salimos del centro sintiéndonos libres y amados. Nos dimos un gran abrazo grupal y las cosas nunca volvieron a ser igual, ¡habían cambiado para mejor!

¿Por qué las burlas, la humillación? Mientras que lo único que necesitábamos era sentarnos en círculo a hablar, sin necesidad de un lugar particular, especializado: podríamos haberlo hecho bajo un árbol. ¡Lo único que necesitábamos era que nos obligaran a hablar! A decir las cosas que temíamos o nos daba vergüenza decir, para que todos supiéramos cómo éramos por dentro y nos aceptáramos los unos a los otros tal cual somos.

¿Por qué a nadie se le había ocurrido eso antes?


Retomo la palabra (Louma) para contarles, que hoy en día -irónicamente- Hermes, mi amigo y bully particular, ha escrito esta carta en inglés y yo la he traducido al castellano para publicarla en Amor Maternal. Fíjense cómo han cambiado los roles, los idiomas, porque se sentía más a gusto escribiendo en inglés, tras tantos años viviendo en Londres :)

Además, trabaja ahora en el departamento de desarrollo en Recursos Humanos como buscatalentos de una trasnacional dedicada a la moda, y siempre tiene cuidado de dar oportunidades laborales a las personas que usualmente son discriminadas, juzgadas -en sus palabras- como "tontos" por los demás. "Mi premisa es que todos son buenos en algo, y hay que ayudarlos dándoles una oportunidad". Según me cuenta, siempre han sabido desempeñar su trabajo de forma excelente, personas que otros no habrían elegido por el cargo por su aspecto físico, por ejemplo.

No puedo volver a mi antiguo colegio sin antes decir esto...


Empecé a escribir este artículo hace dos años pero no me sentí capaz de publicarlo. Desde entonces han pasado otras cosas que te quiero contar...

En primavera de este año (2015) me contactó una antigua compañera de clases cuya madre es actualmente directora del mismo colegio. Me invitaban a dar una charla a los nuevos graduandos sobre el éxito ante la adversidad. Acepté, por supuesto, pero como vivo en España, envié un video que comparto contigo a continuación, ya que no podía asistir personalmente.

Dale play, sólo dura 5 minutos (hablo de bullying a partir del minuto 3:24).


Nota aclaratoria: "Chalequeo se le dice, en mi país, a la costumbre de divertirse a costa de los demás, al juego, la chanza, la broma, la burla o la descalificación insistente hacia alguien o hacia el compañero o compañera, por parte de un grupo de personas o de pares. El chalequeo es una de tantas formas de violencia naturalizada, una suerte de bullying sin ser visto como tal, asumido prácticamente como deporte nacional... respondiendo al carácter jocoso, bromista y burlón del venezolano.

Cabe aclarar que una cosa es reírse con los demás y otra muy diferente es reírse de los demás. Burlarse o ridiculizar a otros es violencia, invisibilizada, enmascarada, pero violencia a fin de cuentas."  (extracto de un artículo de Berna Iskandar publicado en Inspirulina).

Se acerca la reunión de los 20 años de graduados

El verano que viene cumplimos 20 años de haber salido del Colegio Las Colinas. El martes pasado hice una microsiesta de 10 minutos antes de ir a recoger a mi hijo de la escuela y al despertar encontré 157 notificaciones de Whatsapp que llegaron justo en ese momento.



Mi primera reacción fue de miedo. Pensé que había pasado algo en la escuela de mi hijo y que las madres de sus compañeros lo alertaban y discutían el tema en nuestro grupo de Whatsapp. Al abrir la aplicación, descubrí que varios antiguos compañeros de mi escuela planifican actividades para celebrar nuestros 20 años de graduados. Como saben que muchos vivimos fuera, se habían organizado por redes sociales y habían abierto un grupo de Whatsapp al que me habían agregado, para ponernos al día y coordinar detalles, fechas y demás avances.

A pesar de todo lo ocurrido, mi reacción fue una sonrisa de oreja a oreja leyendo sus nombres, sus chistes y viéndolos ponerse al día después de tanto tiempo. Llegué super contenta a recoger a mi hijo esa tarde y así transcurrió toda la semana, con cientos de mensajes cada día hasta que esta mañana volví a tener 13 años.

Empecé a sentirme super mal leyendo cómo 22 años después aún había personas cuyas "bromas" hacia los demás más bien rayan en la falta de respeto y el bullying. De nuevo. Con casi 40 años de edad y siendo ya padres muchos de nosotros. Y que nadie dijera nada.

Con los ojos llenos de lágrimas leyendo, me sentí pequeña e indefensa de nuevo, como cuando me hacían a mí bullying en aquella época y nadie decía nada. Más bien se unían todos para agrandar el ataque, incluso con profesores presentes, ignorando lo que pasaba bajo su guardia.

Pasé un año entero de mi adolescencia llorando cada tarde después del colegio y aún -a mis 35 años- lo recuerdo con dolor-. No digo que sea culpa de los niños pero la realidad es que no hubo un adulto mediador ni nadie que intercediera y parara la tortura ni una vez.

Ahora estos niños son adultos, se supone que han crecido y madurado, que han procesado esas experiencias y que se comportarían de manera educada, pero no en todos los casos es así... Las personas de quienes se burlaban hoy habían abandonado el grupo de Whatsapp discreta y educadamente tras haber saludado unos días antes -lo cual es comprensible... francamente leer cientos de mensajes cada día cuando tienes mil cosas que hacer...- eran amigos míos, y aún así, no tuve el valor de abrir la boca y pedir a los demás que se comportaran porque me volví a sentir como la niñita de 13 años que fui, pequeña e indefensa.

Otra amiga mía, Helen Sánchez, arquitecto, madre de tres preciosos niños y socia fundadora del Espacio Libre Apita en Cobeña, Madrid sí tuvo el valor y los puso elocuentemente en su sitio. Le escribí públicamente para darle las gracias.

Mi hijo me vio llorar por lo que acababa de presenciar mientras desayunábamos panquecas esta mañana, así que le conté lo que estaba pasando y me dice: "Mama, pero si les cae mal alguien, ¿por qué no eligen simplemente no hablarle? ¿Por qué los acosan? ¿Por qué siguen en eso? ¡Ya ustedes son adultos!" (Mi hijo tiene 7 años)

Cómo prevenir el bullying:


Ahora te digo con el corazón en la mano: Tenemos que hacer algo, Hermes y yo -y tantas otras personas que han vivido el acoso en carne propia- no queremos que ningún otro niño pase por esto. Por favor pasa la voz. Por favor comparte este artículo. Es tan sencillo sentarnos a hablar, es tan sencillo tenderse la mano. Es tan fácil dejar -como bien dice mi niño- a alguien que te cae mal, en paz.

Un profesor con un poco de tacto puede hacer una verdadera diferencia en la vida de sus alumnos. 


En mi caso, si la profesora se hubiera tomado unos minutos para presentarme con algo más que mi nombre, no habría habido misterio, ni rumores, ni comentarios crueles. Habría bastado con un:

"Hola a todos, ella es Louma, nació en el Líbano y es venezolana también pero tenemos que ayudarla entre todos porque aún no habla el castellano. Vivía con su familia en Dubai, y como todos ustedes saben, la Guerra del Golfo comenzó hace poco. Su familia estaba muy preocupada por ello así que se vinieron a vivir aquí para estar tranquilos. ¿Le damos una bienvenida entre todos? ¿Alguien tiene alguna pregunta para que podamos conocernos todos un poco más?"

Así de simple. La paz empieza en casa, pero si se presentan conflictos, al ponernos una mano en el corazón, ya lo podemos resolver. Criando respetuosamente ya ganamos bastante terreno; un niño criado con respeto, contenido, sabrá respetar a los demás, y es mucho menos probable que participe o inicie un acto de violencia entre otros niños.

Ponte siempre en los zapatos del otro y si has vivido esto, cuéntalo para crear consciencia.

Gracias por leerme, gracias por leernos.

Gracias, Carolina por contarme aquel día lo que vivió Luigi.

Gracias, Hermes Meléndez por contestarme con tanta honestidad, generosidad y calidez.

Gracias, Helen, por ser la primera en decir algo cuando revivimos algo parecido 22 años después, esta vez con tecnología de por medio.

Gracias a mi mamá, a mi hermana y a mi tío por secar mis lágrimas y sostenerme en esa época tan dura.

Louma Sader, DDS
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1 opiniones:

Anónimo dijo...

Hola, soy mexicano y no soy Mama, pero se que tu tema debe abarcar los dos generos, ADMIRO TU VALOR.. y me has tocado, yo a mi hijo de 4 años no lo golpeo, le pego una nalgada o máximo dos, cuando nos hace una rabieta incontrolable lo amenazo con dejarlo fuera de casa si no se controla, y como no lo hace al cargarlo me dice. " ya me voy a controlar" y se termina la rabieta , sus rabietas son por que su mama sube al cuarto el la quiere abajo etc. GRACIAS HOY me has tocado y puliré mi actitud ante estas cosas, mi hija de 11 es un sol jamas la amenace, trate de ser sensible y amoroso con ella pero el segundo me desvalanceo.. GRACAS

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